lunes, 6 de febrero de 2006

El que se acuesta con niños... Parte III (y final)

Los días pasaban, y las conversaciones se sucedían como siempre, interesantes, íntimas, llenas de momentos increíbles.
Por fin un día pusimos fecha, hora y lugar para nuestra cita.
Creo que no quiero, ni puedo, reproducir nuevamente nuestro encuentro. Además, me tomaría muchas páginas hacerlo con todo detalle.
Sólo quiero decir que fue, a mis ojos, perfecto.
Largo, intenso, divertido, emocionante, original y cómodo.
Estas cosas se perciben desde muy adentro y nunca me había equivocado antes.
Esto no era un error, la sensación de que todo podía morir ahí mismo había estado presente hasta el minuto, pero ya no existía. Y era algo mutuo. Algunos de sus comentarios y actitudes y lo decían.
Todo en él respondía exactamente a lo que yo buscaba, a lo que yo esperaba, a lo que había imaginado, simplemente.
Una cosa, sólo una cosa, me dio miedo. Y fue el hecho de que, durante nuestra larga conversación, él no pudiera casi mirarme a los ojos.
- Bueno, es natural, él lo ha pasado mal en la vida y tiende a desconfiar de las personas. Sobre todo cuando se siente vulnerable, pensé.
Quedamos de hablar, de volver a vernos, de hacer mil cosas en el futuro.
Nos separamos.
Yo, ya malacostumbrada por el blog, tomé mi computador y describí, de punta a cabo, la salida. Sin filtros, sin escudos, sin ocultar la felicidad y satisfacción que me había generado. Para nunca olvidarla.
Sin importar para dónde iba la cosa, yo ya le había hecho un espacio en mi vida a Alberto, y sentía esa alegría que sólo se siente cuando algo muy bueno e inesperado ha pasado en la vida de una persona.
Dos o tres días después, me lo encontré en MSN y lo saludé. Fue muy normal, muy alegre, como siempre.
Le comenté que había escrito todo lo sucedido entre nosotros y quiso leerlo.
Insistió.
Rogó.
Suplicó.
Yo no quería dejarlo, ya que sentía que al hacerlo sin haber escuchado antes su versión de los hechos, le estaba marcando una pauta a seguir, coartando su libertad de expresión. Pero él prometió escribirme con lujo de detalles su propia visión, sin importar lo que leyera. Y enviármela por mail en exactos tres días.
Se lo mandé.
Lo leyó, demorándose una eternidad en terminar.
Mientras tanto, mi persona reptaba por el suelo, arrepentida hasta el fin de haberlo dejado acceder a mi escrito sin lo que yo, para ese entonces, ya requería saber.
Apenas hubo terminado la lectura, y tomando un detalle de mi relato, tuvo un gesto muy tierno conmigo.
Respiré aliviada. Aún había patria, y no se había apanicado sacando conclusiones apresuradas acerca de mis emociones, que aunque fuertes, no eran de amor, ceguera o locura temporal, sino el más puro, irrestricto e infantil entusiasmo.
Tarde ya, nos despedimos. Y empezaron a correr los famosos tres días.
Que pronto se convirtieron en siete.
Y en catorce.
Y en veintiuno.
En ese lapso se conectó una sola vez a MSN y cuando le hablé, me cortó más que rápido aduciendo apuro.
Dejó, igual de abruptamente, de comentarme en mi blog.
Y me sacó de sus links.
Yo, desorientada, sintiendo pena, rabia, angustia, miedo, incertidumbre y ansiedad, busqué refugio en Eleu, que sabiamente, nunca me lanzó el más que justo “Te lo dije”, sino más bien me consoló y animó como nunca.
La Cecilia, mi amiga del alma en el trabajo, también notó mi estado de shock y me abrazó diciendo:
-No tengo idea de qué te pasó, ni quién te lo hizo, pero lamento en el alma que se haya perdido a alguien tan espectacular como tú. Me da pena que te hayas cuidado tanto de entregarte a otros durante dos años para que ahora te hagan pasar por esto…
La verdad es que yo no me sentía una persona espectacular.
Me sentía engañada como cabra chica, dejada de lado como algo inservible, pasada a llevar en mi derecho de persona grande y madura de conocer la verdad.
Además me empelotaba que el paladín de la justicia y la verdad, que odiaba la mentira con todas sus fuerzas, me hubiese prometido algo que nunca pensó cumplir a cambio de lo que quería. Porque incumplir promesas también es mentir.
Un amigo me dijo una vez un dicho que me hizo reír por lo ordinario:
- Sombra… el hombre promete y promete hasta que lo mete. Para una vez metido, olvidar lo prometido.
Ahora no me daba risa, me daba pena. Por lo cierto, porque nunca me imaginé que me lo iban a meter, virtualmente, claro está.
Al mes de su desaparición, y mientras él tranquilamente seguía escribiendo pelotudeces en su blog, quejándose de aburrimiento y tiempo de sobra, me decidí a sacarme la espina y le mandé un mail
Sin recriminaciones, sin escándalos, porque así soy yo. Básicamente, preguntando qué le había pasado, a qué le tenía miedo, que fuera lo que fuera, por favor me dijera algo.
Nada. Nunca hubo respuesta.
Hoy ha pasado un poco más de un mes de ese mail, poco más de dos desde que nos vimos una única vez.
Y sé que aún existe porque sigue escribiendo religiosamente su blog.
Y yo no puedo dejar de odiarme por lo que pasó. Y por seguir dejándole una puerta abierta para que regrese, como el amigo que era, como esa persona que ocupó un espacio que ahora no tengo idea con qué llenar. Y por echarlo tantísimo de menos.
Y nunca olvidaré el cariño y apoyo constante de mi querido Eleu.
Para colmo, nuestra relación siempre estuvo llena de curiosas y sorprendentes coincidencias. Pensar lo mismo, vivir lo mismo, ver las mismas películas en el cine o hablar de los mismos temas con otras personas en un mismo día.
Y, más curiosamente aún, las coincidencias me siguen persiguiendo. Como si una fuerza sobrenatural dijera que esto no se ha terminado. Como si no quisiera que se acabase.
En una oportunidad ya dije que cuando yo quiero a alguien, eso es algo tan fuerte y sólido que es difícil de matar.
Por eso puedo decir con toda certeza que todavía lo quiero.
Pero pucha que duele.
Nada duele más, nada me duele más, que el cariño, de cualquier índole, no correspondido.
Y también puedo decir que era cierto.
Que el que se acuesta con niños, amanece mojado.

Fin.

PD: ¡Quiero de vuelta mi canción! Nunca más he podido escuchar A primera Vista sin caer en un trance profundo de tristeza y recuerdos….

6 comentarios:

Tadashi dijo...

Me hizo recordar lo que me pasó, y que postié hace un tiempo atrás en mi blog...

Una de las mejores formas de terminar el tema fue sacar de raíz a la persona, borrandola del cel, messenger, memoria, conversaciones, todo...

No ver a la persona es una gran ventaja, creo que con el tiempo será lo que te salve...

En todo caso, al fin conocimos el final y fue un buen escrito, triste, pero bueno...

Un abrazo...


PD: Mi segundo nombre es Alberto, pero no estoy afiliado a ese "ser", ojalá nunca le dé motivos a nadie para que escriba una historia como esta...

AnaMaría dijo...

Sombrita, por qué, por qué al leerte se me vino un nombre a la cabeza? Por qué si yo no aparecía aún por estos lados? Alguna unión mística de nuestra hermandad? Pero todo calza. Creo saberlo.

Espero que hayas podido extirpar esa "verruga" de tu vida.

Muchos abrazos!!!
AnaMaría.

bendito ravotril dijo...

Sombrita,
da desperdicio...lo que no te mata te hace mas fuerte

tengo la canción "a primera vista". (me la regaló mi eleu cuando nos conocimos..comprenderás que es mi himno)


bvente con unos discos y te regalo musica...tengo mas de 180 discos

besos ravotrílicos

carolita dijo...

oohhh...

lo siento.

así son, a veces. pendejos que juegan a ser grandes hasta que se encuentran con alguien que ya creció un poco y salen corriendo, no solos, sino que destruyendo todo a su paso. quizás no se dan cuenta. quizás no son capaces de retroceder, o parar un segundo para respirar, mirar atrás y arreglarlo.

deja que se vaya.
es simple. no puede haber una relación donde uno corre y el otro gatea. busca a alguien que corra contigo.

desde mar del plata, besos!!

y las canciones dedicadas son lo peor. siempre se quedan dando vueltas cuando no deben.

Amanda dijo...

me entretuve mucho con tus relatos yo de vuelta del sur
saludos

AnaMaría dijo...

Sí. Duele.

Déjame decirte que, en todo caso, ese personaje expele un aire donjuenesco o no-sé-qué que me incomoda.
Prejuicios mios tal vez.

Sigue pasándolo bien!

Abrazos,
AnaMaría.