miércoles, 22 de agosto de 2007

Perfume

Otra de las cosas que me impactó de mi reciente reunión con la Sandra, fue un comentario que me hizo acerca de los comienzos de su relación con Lucas.

Para ella, uno de los factores que le hizo darse cuenta de lo que estaba sintiendo por el que ahora es su novio, fue el olor de él. O, mejor dicho, hacerse conciente de su olor. Me dijo que un día cualquiera, cuando ella todavía pololeaba con otro y eran simplemente amigos que se reunían a sorprenderse de lo mucho que tenían en común, habían quedado de juntarse en un café bastante concurrido; que ella se había sentado a esperarlo en una mesa y que había percibido su presencia aún antes de verlo. Por el olor. Y luego definió esta situación y esta atracción como un aura que la envolvía totalmente, que sus extremidades se prolongaban más allá de su cuerpo, permitiéndole sentir un contacto exquisito con él, más allá de la vista o el tacto convencional.

Estas declaraciones no habrían tenido tanto impacto en mí si no fuera por dos cosas:

La primera, hace dos días releía el excelente libro de Susanna Tamaro Donde el corazón te lleve.
Copio textual el trozo de la página 140 que me dejó helada, pues conociendo a la Sandra, ella no ha leído este libro:

Hace un tiempo leí en un diario que, según las últimas teorías, el amor no nace del corazón sino de la nariz. Cuando dos personas se encuentran y se gustan, comienzan a enviarse pequeñas hormonas cuyo nombre no recuerdo; estas hormonas entran por la nariz, suben hasta el cerebro y allí, en algún meandro secreto, desencadenan la tempestad del amor. En conclusión, los sentimientos, no son más que olores invisibles. ¡Qué tontería! Quien haya sentido el amor verdadero en la vida, el grande y sin palabras, sabe que estas afirmaciones no son más que un golpe bajo para mandar al corazón al exilio. Claro, el olor de la persona amada provoca grandes turbaciones. Pero para provocarlas debe existir algo más, algo que, estoy segura, es muy distinto de un simple olor.
Al estar junto a Ernesto en aquellos días, por primera vez tuve la sensación de que mi cuerpo no tenía límites. A mi alrededor sentía una especie de aureola impalpable, era como si los contornos fueran más amplios y esa amplitud vibrara en el aire con cada movimiento.

La segunda, es que mientras leía y conversaba sobre estas cosas, sin todavía unir las piezas del puzzle, tuve extrañas y extremas sensaciones en mi vida, relacionadas con el olor.

Para empezar, florecieron los aromos, lo que me obliga a bajar el vidrio del auto cada vez que paso frente a uno de ellos. Si entro en una habitación que tiene ramas de aromo floridas en un jarrón, estoy frita, caeré en un éxtasis de melancolía y de recuerdos que no me dejará concentrarme en casi nada más. Y no es broma. El jazmín y el aromo son mis olores de la naturaleza favoritos, y es quizás por eso que amo tanto la primavera. No por el romance, la temperatura, la perspectiva del verano (y las vacaciones), sino simplemente por los olores y la luz. Amo esta ciudad de noche, en pleno verano y fines de primavera, porque las ventanas abiertas me traen oleadas florales, terrosas, de pasto mojado, de viento fresco, y estos vapores actúan como drogas en mí. Solo puedo compararlas con escuchar una canción realmente buena y que significa realmente mucho para uno, en un minuto de calma absoluto y de apertura total de los sentidos...

Luego, vino esta tonta experiencia en el mall. Estaba muy lleno de gente, cosa que odio, por lo que caminaba firme y decidida para salir luego de mis trámites e irme de ahí. Repentinamente pasé por el lado de un viejo de unos setenta y cinco años. Su olor, un perfume cuyo nombre desconozco realmente, me dejó helada. Paré de caminar y el rostro, la voz, la historia de un hombre a quien amé mucho, y que usaba este mismo perfume, se me vinieron a la cabeza. No me pasaba hace tiempo y la verdad es que no fue desagradable del todo, porque atesoro esos recuerdos en un cajón muy profundo de mi mente, donde no me pueden hacer daño, y sacarlos de vez en cuando me trae al presente no solo los dolores que me causó, sino también la certeza de haber vivido un gran amor, con todos sus bemoles. Es decir, está bien recordarlo en pequeñas dosis y luego volver a confinarlo a su baúl en las oscuridades de mi psiquis.

Siempre me han gustado mucho los olores. Mi único lujo, derroche del cual podría decir que debiera avergonzarme, más que zapatos, ropa, CD`s u otras cosas, son los perfumes. Tengo unos quince diferentes, algunos regalados, otros comprados; traídos de viajes y duty frees de todo el mundo por mí o por los que me conocen. Generalmente los uso de manera ordenada, uno a la vez hasta que se acaba, haciendo salvedades cuando salgo a bailar o a algún evento nocturno, en que uso uno especial. Pero últimamente me he dedicado a picotear de aquí y de allá. decidiendo cada mañana que el día se presenta de esta o de esta otra manera. Caprichosa, o en verdad quizás demasiado conciente de mi aura odorífera.

Estoy fumando cada vez menos, porque el olor del cigarro me molesta como nunca antes lo había hecho. Parezco embarazada y no hay posibilidades de que esto sea una realidad, a menos que sea la nueva virgen María.

Finalmente, quiero decir que no tengo idea qué significa todo esto, pero creo que las cosas no suceden por casualidad y que tanto tema con los olores algo me debe querer decir.

Quizás, simplemente, que debo ver la película El Perfume, la cual no había querido enfrentar por haber leído ya el libro hace algunos años. De repente ahora toma otro sentido para mí.

sábado, 11 de agosto de 2007

Ser una sombra

Ayer vino a verme una amiga que no veía hace tiempo.

Estaba muy feliz porque recientemente empezó una relación amorosa con un hombre que le ha roto todos los esquemas y que le ha traído puras alegrías.

Sin embargo, algo me llamó la atención...

- Sandra, ¿qué vas a hacer en las vacaciones?
- Ay no sé, lo que pasa es que Lucas quiere ir a no-sé-dónde, entonces...blá, blá, blá....
- Ah, y ¿qué va a pasar con ese proyecto que tenías en tal parte?
- Lucas me dijo que.... blá, blá, blá, entonces no sé....
- ¿y con esto? ¿y con lo otro?
- Lucas, Lucas, Lucas....

Como a la quinta pregunta paró de hablar y me quedó mirando...

- Sombra, qué miedo. Me acabo de dar cuenta de que estoy viviendo a la sombra de este hombre. Lo conozco nada, a lo mejor es un sicópata, y ya controla cada aspecto de mi vida...

Ahí yo me eché para atrás y la quedé mirando. La Sandra es una de las personas que yo más he respetado y admirado en mi vida, por ser tremendamente inteligente, independiente, soñadora, creativa y siempre llena de proyectos. Hasta ahora.

Me di cuenta de lo vulnerables que el amor nos vuelve.
Hasta hace poco la Sandra pololeaba con otro hombre, del cual, por cierto, descubrió que no estaba enamorada.

Ahora está completamente loca por Lucas. Y eso tiene en jaque sus proyectos, planes, trabajo y hasta sus ideales de siempre. El hombre en verdad le hizo cuestionarse todo.

No sé si es malo o bueno, sin embargo, creo que es, al menos, peligroso.

Siento que la Sandra es, o era, una mujer admirable por sí misma.
Y ahora está al servicio de un hombre.

Yo me siento mucho más débil e insegura que ella.
No sé si sería capaz de decirle a un hombre que lo que ve es lo que hay, y que si no le gusta, se friegue.
No sé si estoy dispuesta a pagar caro por el amor, renunciando a muchas cosas para ganar otras.
No sé si corresponda.
No tengo idea si me volverá a pasar alguna vez, porque ya lo viví y no fui nada de feliz.

¿Será esto normal?
¿Será necesario, será saludable?

Sólo sé que me quedé llena de dudas.
Porque vi bien a la Sandra, pero por cuánto tiempo puede vivir, ser feliz, y no ser coherente con lo que siempre ha sido, eso no lo sé.
O, quizás, lo que está haciendo sea lo más coherente que ha hecho en toda su vida.

domingo, 29 de julio de 2007

I let my skin get too thin

Una de las cosas que más odio de mi misma es lo personales que dejo que se pongan las cosas.

Cuando conozco a alguien, hombre o mujer, me vuelco con todo el corazón a querer y hacer feliz a esa persona.

Y, claro, la mayoría de las veces termino sufriendo.

¿Por qué?

Simplemente, porque por lo general la gente no tiene tan altas expectativas acerca de nuestra relación, y la dejan estar.

O, lo que es peor, es que, viendo mi disposición y entrega, se suben por el chorro y se aprovechan.

Pero...

Me rebelo frente al hecho de que quizás sea yo la que tenga que cambiar.
Me niego a convertirme en una cabrona sin corazón para no pasarlo mal.
A ser dura, pesada o indiferente para no involucrarme tanto.

Así que me sigo desnudando frente a los demás. Sigo confiando, abriendo las puertas de mi casa, de mi vida, de mis sentimientos, de mi manera de ser, a los demás.

Bueno, es así también como he conseguido los mayores gozos y experiencias notables.
Y lágrimas. Miles de ellas.

La semana pasada, sin ir más lejos.

No quiero entrar en detalles acerca del quién y el cómo...

Lo único que puedo decir es que, de todos los sufrimientos que conozco, el que más me llega, el que más me duele, el que más me destruye, es el de querer y no ser correspondida, o el de querer y darme cuenta de que esa entrega solo es mal utilizada.
Y no estoy hablando de dar sin esperar nada a cambio. Estoy hablando de dar y ser, al menos, respetada de vuelta.

Me siento rara.

Porque no quiero volver a sentir lo mismo, nunca más.

Pero algo me dice, que mientras siga adelante, porfiadamente, con esta manera de enfrentar la vida, un poco naive de mi parte, lo que hay hasta ahora es lo que ha de venir muchas veces más por delante.

Quizás sea un precio justo a pagar por atreverme a ser tan distinta a los demás.
Y, sobre todo, fiel a eso mismo.

viernes, 20 de julio de 2007

Ser lo que quiero ser

Ayer me puse a pensar que tipos de mujeres hay muchos.
También me puse a pensar en verdad qué tipo de ellas soy o quiero llegar a ser.

En primer lugar, me di cuenta que soy una mujer que no tiene nada de princesa en apuros. Siempre me he asumido como mujer independiente y fuerte, con las ventajas y desventajas que eso trae. Porque aunque muchos admiran eso en una mina, muchos otros piensan que una es insensible, marimacho o autosuficiente en una mala manera. Es decir, piensan que a uno no le gusta que la quieran, la cuiden y la regaloneen. Y nada que ver. Una también se cansa, tiene pena, necesita apoyo, consejo y ayuda. Pero no depende enfermizamente de nadie para avanzar.

En segundo lugar me di cuenta que no soy feminista. No necesito agarrarme del moño con nadie para sentirme validada, y creo que cocinar y planchar no me hace menos pensante o persona. Me gusta la igualdad para ciertas cosas, pero en otras no siento que tenga que demostrar nada, y el clásico sistema del hombre que lleva los pantalones y la mujer que lo apaña en todo me acomoda, porque siento que sin mujer que acompañe, no hay hombre que pueda gobernar nada. No tengo idea si logro exponer mi criterio, pero creo que está como en la mitad. Porque me cargan las minas ultra machistas que creen que son nada más que el adorno de su macho y que no son capaces de actuar, opinar o incluso tomar decisiones sin el permiso del hombre, me parece que son hueonas cómodas, flojas y que se quieren poco. Y por el otro lado, el feminismo a ultranza me parece un fanatismo que demuestra inseguridad y miedo, con perdón de las feministas que quizás han hecho mucho por el mundo en el que vivo ahora (con derecho a votar, por ejemplo).

En tercer lugar, mi relación con los hombres ha sido un poco fruto de los dos puntos anteriores. Tengo miles de amigos, que me quieren, me respetan, me consultan, y de manera a veces muy deliciosa, me tratan de igual a igual. Ellos agradecen el saber que conmigo pueden ser como realmente son, y viceversa. Eso quizás ha alejado de mí a gallos tradicionales, fácilmente escandalizables y dominantes de tomo y lomo. También habrá espantado a chiquillos bien, clásicos, tímidos y apocados, pero la verdad es que ninguna de las dos especies me interesa mucho. Tengo los amigos que tengo, y son todos la raja, y los amores que he tenido han sido aún más bacanes, porque sé que para estar conmigo no se puede ser cualquier persona (y con esto yo no digo que sea a toda raja, sólo digo que no soy fácil).

Con las mujeres es un poco la misma historia. Las minas fru-frú y las pelolais no van conmigo. La niñita rosada de mamá que no toma piscola ni dice garabatos se cae de raja si me ve un día cualquiera. Las superficiales que juzgan sólo por las apariencias se fueron a la cresta conmigo porque se requiere tiempo, paciencia y buen ojo para saber realmente quién soy yo.

Por dentro soy sensible, adicta a la música, el cine y la literatura. Me gusta ayudar a la gente con todo lo que esté a mi alcance; me gusta sentirme querida, buscada y necesitada por otros. Odio la mentira y la deslealtad más que cualquier otra cosa, pues perdono rápido en los demás casos y no siento que sea una persona que juzga livianamente a los demás. Amo (y odio) con mucha pasión, soy habladora, atarantada a veces y muy hiperkinética (el Pelao dice que yo no duermo, me enchufo y me cargo. Felipe dice que soy un dínamo). Un poco mal genio, miedosa, llorona y tremendamente preocupada de lo que dicen los demás acerca de mí.

En resumen, si tuviera que elegir a una persona de la historia con quien identificarme, creo que sería la Inés de Suárez o la Javiera Carrera, quizás también Juana de Arco.

¡Esas sí que eran mujeres!

Metidas en un mundo de hombres, en tiempos convulsos y difíciles, no dudaron en dar todo lo que tenían por sus ideales. Fuertes, decididas, de armas tomar, apasionadas e inteligentes, fueron decisivas desde sus papeles para los hombres que las rodeaban. Aprendieron a pasarse a la gente por la raja y a hacer lo que creían que era correcto aún en desmedro de sus propios intereses y vidas. Pasaron a la historia.

Creo que eso es lo que me mueve en definitiva.
Quiero protagonizar mi vida.
Quiero hacer grandes cosas.
Quiero ser diferente, y no solo sentirme distinta a los demás.

Quiero encontrar gente que me entienda, que me acompañe, quiero cambiar la historia, por lo menos, la mía.
Soy mujer, y nadie me va a hacer quedar mal por eso.

jueves, 12 de julio de 2007

El nuevo sexo

Las nuevas generaciones me sorprenden.

De verdad.

El otro día leía en una revista, no demasiado nueva, pero actual al fin y al cabo, que los adolescentes de hoy se han vuelto muy concretos en términos sexuales.

Es decir... estos cabros hacen de todo... de todo, pero como no hay penetración, resulta que no se consideran no vírgenes.

¿Habráse visto tamaña patudez?

Después pensaba que quizás eso explica la actitud de cierto adolescente que me ronda hace tiempo. Que sigue en lo mismo de siempre, es decir, en nada, pero a la vez, bien patudamente, cada vez en más.

Ya les conté que lo primero fue, cínicamente, andarme agarrando el poto.

Luego vino el hacer que yo se lo agarrara a él. (Luego, me confesó que yo era la única mujer que alguna vez se lo había agarrado... una sombra de duda oscurece su credibilidad...)

Más adelante, primero haciendo como que era sin querer, empezó a tocarme las pechugas. Es decir, nunca me ha agarrado una, de frentón y a "full hand"... pero los roces se han ido intensificando, e incluso el otro día en una especie de carrete con más gente, el fresco pasó su mano por arriba de mi hombro y me empezó a hacer un cariñito suave en la derecha. La cara del gallo que estaba conversando con nosotros fue para momento Kodak. Y yo, me tuve que correr rápidamente, porque aparte del escándalo público que estábamos provocando, me corría la gota de sudor por la sien...

Y la última, esa si que me descolocó. Con todos los años de circo que le llevo, con toda la loca imaginación que me gasto, en verdad nunca pensé que él iba a hacer eso...

Íbamos en auto con un amigo, que se encontraba al volante. Yo estaba de copiloto y él, atrás. En un momento pasé la mano para atrás para recibir algo. Quedé atrapada. Primero fueron excelentes masajes en la mano presa. Luego, la mano ubicada en aquello para lo que todavía no encuentro un nombre digno o que no sea horripilante. (quedaría bonito el juego de palabras si dijera: ... masajes en la mano presa. Luego, la mano en la presa... pero es terrible de ordinario)

No puedo decir que haya disfrutado el momento. Ni que haya sentido nada. Me puse rígida como si estuviera cerca de una tarántula y saqué la mano en menos de diez segundos.

Lo divertido es que yo, teniendo más experiencia que él en estos temas (confirmado), me siento poco menos que su amante, que hace rato que no podría decir que entre los dos "no pasa nada" sin enrojecer por la mentira, siendo que para mi gusto falta un paso muy anterior (y gozador) que es el beso.
En cambio a él, yo no lo noto preocupado, urgido o pensativo siquiera con respecto al tema. Estoy segura que, de preguntarle, él diría tranquilo que aquí no pasa nada especial.
¿Será porque no ha habido besos?
¿Será que estoy viviendo en carne propia esto de los nuevos adolescentes-cara-de-raja-pa-la-hueá?

No tengo idea.
Me encantaría entrar en su cabeza por un rato.
Saber qué cosas le pasan cuando me toca, cuando lo toco.
Saber si tiene los mismos sueños espantosamente perturbadores que me tiene protagonizando con él.


En fin...
No me aconsejen que me lo agarre de una buena vez, porque no va en mi ADN hacerlo.
Tendría que estar terrible de borracha.

Por ahora, gozo sintiéndome deseada.
Y lo otro...
No sé por qué algo me hace intuir que ya vendrá...
todo cae por su propio peso...

y, además, como dice un comercial de cerveza en las micros por ahí...
"Igual es rico irse lento..."

viernes, 6 de julio de 2007

Artifex vitae, artifex sui.

Recién hoy, a estas alturas de la noche, de la semana, del mes, del partido, logro sentarme un rato y escribir.

Y es quizás extraño decir que nada ha cambiado.

Porque a la vez pasan tantas cosas cada día...

Es cierto que en lo global mi vida sigue un curso tranquilo, sin mayores cambios ni inflexiones, pero a la vez, cada día, tengo algo que contar a las personas con las que me encuentro, o con las que hablo.

La mejor manera que se me ocurre de explicarlo es usando la imagen de esos ríos tranquilos, que fluyen sin mayores escándalos hacia el mar. Uno puede pararse frente a ellos por horas, creyendo que nada se está moviendo. Pero entonces aparece un punto de referencia, como una pequeña hoja que pasa rauda y segura, navegando. O quizás uno siente el impulso de meterse y recién ahí nota la resistencia que opone la corriente al intentar nadar en otro sentido que no sea el que ella misma propone.

Quizás así sea necesario que suceda. Que los cambios más importantes sean leves, casi imperceptibles, pero seguros.

Quizás solo así podemos soportarlos, quizás sólo así logramos digerirlos totalmente y nos hacemos parte de ellos naturalmente.

No sé.

Ayer salí con unas amigas y mirábamos a las mujeres que nos rodeaban. Todas tan jovenes, tan bellas, tan atormentadas. Tan rápidas sus vidas, tan expuestas a estímulos y tentaciones...

Y pensé, por primera vez en mi vida, que estoy agradecida de no haber estado nunca en la línea de fuego.

Nunca la más popular, ni la más bonita, ni la más destacada, ni la más inteligente, ni la más solicitada, ni la más exitosa.

He tenido que trabajar duro para obtener todo lo que tengo, he tenido que sacarme la cresta demasiadas veces frente a la risa, el sarcasmo, el rechazo de algunos.

Estoy segura que de haber sido de otra manera, me corroerían la soberbia, el orgullo, la ironía, el prejuicio. Pero no. He tenido que aprender a palos a ser humilde, quitada de bulla, agradecida, a valorar las cosas buenas que me pasan, a aprender y a observar.

No me siento superior a nadie, simplemente, porque nunca se me ha dado serlo en verdad.
No me gusta atropellar a las personas, o mirarlas en menos, porque he vivido demasiadas veces en carne propia loque se siente cuando eso pasa.

Y aún así he sido torpe, malinencionada, prejuciosa, peleadora, orgullosa, soberbia, mentirosa, libertina y autodestructiva.

No quiero ni pensar qué habría sido de mí con más herramientas a mano.

Con más éxito frente a los hombres.
Con más poder.
Con más inteligencia.
Más popular.

Una chica plástica más, emulando a la película Mean Girls.

Por eso, feliz.
De ser yo.
De ser como soy.
De lo que me ha tocado.

Quizás suene siútico, pero en este momento me acuerdo de las palabras de Amado Nervo, en su poema de despedida a la vida. No es que crea que me voy a morir, pero hay tanto de él que me interpreta...

En paz

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida
ni trabajos injustos ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas;
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

. . . Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno;
mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas,
y en cambio tuve algunas santamente serenas . . .

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes!

¡Vida, estamos en paz!

martes, 26 de junio de 2007

Carpe Diem

A veces me siento grande, grande.
Me puedo el mundo sobre los hombros y me planto con seguridad ante los otros. Nada me puede botar, nada me puede dañar, soy la dueña de todos mis actos, de mi destino, de mi ser completo.

A veces me siento pequeña.
Me enrollaría como un ovillo y dejaría que el mundo siguiera girando sin mí. Siento que me tienen que tomar de la mano y ayudarme a caminar, a dar los pasos más simples, a salir adelante con las pequeñeces más básicas de cada día. Soy vulnerable a todo y a todos.

Muy pocas veces tomo conciencia de lo que tengo.

Y a pesar de la inercia y de la lata, pienso que tengo que aprovechar de leer todo lo que quiero, mientras tenga vista.

Y de escuchar todo lo que me dicen, y toda la música que me gusta, mientras tenga oído.

De bailar hasta caer rendida mientras pueda moverme con soltura.

De trabajar mientras a mi cabeza le quede agilidad y destreza.

La vida es una y hay que gastársela como tal.

Apasionadamente.

No sé por qué en el último tiempo he tenido tanta conciencia de mis dones.
Y también de mi fragilidad.
Como si de pronto, todo lo que soy y lo que tengo, fuera a desaparecer.

Ciega.
Postrada.
Sorda.
Tullida.
Muerta.

Me da escalofríos sólo pensarlo.

Por eso quiero vivir como si fuera el último día cada mañana.

¡Afírmate mundo, que aquí voy!

domingo, 17 de junio de 2007

Sin

Sucede de esta forma.
Que me tienen acorralada.

Después de que la semana pasada mi amiga me calificó de conejo asustado y a punto de ser atropellado, me llamó mi jefe a su oficina.

Empezamos a hablar del futuro, de mis proyectos dentro del trabajo y de repente, sin anestesia, la tiró:
- Bueno Sombra, y tú, en qué estás con tu vida?

- ¿En qué sentido don Salvador? - cautelosamente...

- ¿Qué edad tienes tú? ¿26, 27?

- Treinta, don Salvador

- ¿Treinta? Con mayor razón pues...

-¿?

- Sí, pues, me gustaría saber cuáles son tus proyecciones, así como hacia el futuro, dado que no podemos hablar de matrimonio aquí, si ni siquiera estás pololeando, o sea, ¿cuál es tu plan B?

Ahí en verdad como que dejé de escucharlo.
El golpe bajo me llegó directo al estómago y no es exageración decir que se me llenaron los ojos de lágrimas, una vez más.

Da lo mismo lo que vino después, porque eso sí que se enmarcó en los límites de lo que le correspondía al viejo sapo.

PERO... qué dolor me causó...

Porque siento que él interpretó en voz alta para mí lo que veo reflejado en las miradas de aquellos que me rodean.

Que qué mierda está haciendo la Sombra con su vida, que ya tiene 30 y sigue hueviando, que por qué no se pone seria, se enriela, se da cuenta que la micro ya se le fue y ejecuta el plan B.

CONCHA DE SU MADRE... ¿¿tenía que tener plan B??

No.
La verdad es que no lo tengo.

Sigo esperando que algo mágico suceda y que mi plan A, el de toda mi vida, se cumpla.
Cual Pinky y Crebro, quiero seguir intentando lo mismo cada día.
Que en mi caso no es tratar de conquistar el mundo, sino mi destino.

Pero me noto sumergida en la inercia absoluta, de días sin fin que se suceden sin mayores cambios.
Y no es que no lo haya intentado
¡Dios sabe que no es cierto!

Pero simplemente necesito un descanso.
De los tropiezos, las caídas, los planes fallidos.
Del rechazo, el stress, la angustia de salir al mundo a pelear por lo que busco.

Me han dicho siempre que el que busca siempre encuentra.
Pero también me han dicho que en el minuto menos pensado pasan las cosas buenas.
¿Es el minuto menos pensado aquel en que piensas que ya no pasó nada?

Me declaro agotada.
Me declaro incompetente.
Me declaro en quiebra.
Me declaro en total abandono.
Me declaro ignorante.
Me declaro triste, muy triste.
Me rindo.

No doy más, en mala.

No quiero hacer nada más.
No puedo soportar más fracasos.

Déjenme tranquila, sin pololo, sin futuro, sin bienes raíces propios, sin hijos, sin planes, sin hombro donde llorar ni persona a quien amar. Sin espacio que declarar mío, físico ni virtual.
Sin planes.
Sin.

Acompañada solo por la música, los deseos, el seguir adelante maquinalmente, el cruzar los dedos por debajo del mantel.
Acompañada por la pena, el desamor, la soledad y la rutina, que en estos días es mi mejor amiga.

Malas épocas se viven en estos lados.

Pero de peores he salido adelante. Y sola.
Quizás eso sea lo que debió ser siempre.

Quizás este sea mi plan A.
El único que se me permitió ejecutar, magistralmente.

domingo, 10 de junio de 2007

Sola en las micros llenas




Cuando era mucho más chica, tendría unos quince, leí en la Zona de Contacto, uno de mis referentes de la época, una cita de un gallo que decía: "Siempre viajo solo en las micros llenas"

No tengo idea por qué se me quedó pegada.

Y lo he sentido tantas, tantas veces.

Soy un mundo por mí misma.

Incomprendida a veces, sin muchas ganas de ser entendida tampoco.
Nadando contra la corriente.
Sin saber a dónde ir, qué consejos seguir.

En medio del ruido del mundo, un ser chiquitito que busca su destino.

Hace unos días me junté con una amiga mayor.

Ella me decía que le preocupaba mi vida.

Que me veía parada como en la mitad de una carretera, como un conejo asustado, esperando que algo sucediera para moverme.

Desconcertada, creo que fue la palabra que usó.

Que me iban a atropellar, remató.

Yo no sé.

Muchas veces me cuesta tomar la iniciativa con respecto a mis cosas.
Me sale más fácil y más cómodo hacer lo que corresponda cuando las circunstancias me vayan hablando.

Pero ella dijo que no, que tenía que decidirme yo, que Dios me iba a empezar a ayudar cuando yo hubiera tomado un camino, no antes.

Sola.

De los problemas, las dudas, las incertidumbres, los dolores, he aprendido a salir sola.

Así me he fortalecido, he madurado, he aprendido a creer en mí misma.

Pero también me he aislado, me he acostumbrado, he dejado pasar oportunidades y he llevado muchas relaciones, incluso con mis familiares, a niveles muy superficiales. Soy una ostra cerrada, sola en las micros llenas, en las fiestas, las conversaciones masivas, los eventos.

Me resulta, pero me da susto ser tan ermitaña a veces.

¿Seré capaz de salir de ahí alguna vez?

¿De reconocer que necesito a otros, de hacer el esfuerzo de buscarlos?

Muchas veces creo que no.
Y no sé si eso es una negación de lo que me falta, como defendiéndome de una carencia que reconozco en mí, o, simplemente, algo que aprendí a hacer forzosamente para mantenerme a flote y que hoy es un vicio muy arraigado en mí.

Me gusta que la gente me quiera, me necesite, me busque.

Pero no me gusta necesitar o buscar a la gente, especialmente en la dificultad o en la debilidad.

¿Me quedaré para siempre sola, sin ese alguien (o esos alguienes) que me entiendan y estén conmigo en lo profundo, más allá de las muchedumbres vacías con las que engaño a todos haciéndoles ver que tengo una vida normal y plena?

Hoy me decido, y le digo a Dios que me ayude, porque no quiero estar más sola, no quiero ser más un mundo habitado sólo por mí.

lunes, 4 de junio de 2007

Cual Yerko Puchento...

Parece que no me puedo sustraer del contenido prosaico y light.
Al menos, no habiendo quedado en deuda con el famoso fin de semana a todo ritmo.

Bueno, para los faranduleros de la blogósfera (espero no me estén comparando con Carlita Oshoa o alguien así) aquí va lo prometido, que dicen, es deuda.

El viernes llegué, tal como había anunciado, con Domingo al cumpleaños de la Mari.

A través del gentío pude ver cómo Feña, acompañado de la que se suponía era su ex polola, me miraba disimuladamente y se parapetaba detrás de un gordo para evitar saludarme. Me apreté el cinturón (virtualmente, claro está), tomé a Domingo y nos fuimos derechito al bar a prepararnos las envalentonadoras piscolas. Una vez que las tomamos, afuera, pingüinizándonos y fumando, entramos. Entonces yo le dije:
- Mira Domingo, me da lata esta situación de corre-que-te-pillo, así que sígueme por favor
- Como tú digas...

Me di la vuelta completa al comedor atestado de gente y me acerqué sin previo aviso.
- Hola Feña...
Él dejó su vaso sobre la mesa con un pequeño sobresalto y me contestó hablando bien rápido:
- Hola Sombra, bien y tú...
Pero yo, bien Cruella de Ville, me había movido ya y estaba en el living, diciendo:
- Domigo, ven, sentémonos aquí...

Domingo llegó detrás mío y solo comentó:
- La cara de pocos amigos de este hueón cuando lo saludé, acompañado de esos apretones de mano blandengues, como desganados, me lo dijo todo...

Y de ahí todo fue reírnos de los peces de colores y no pescarlo más.
No volví a verlo hasta como dos horas después, cuando pasó por el lado mío y se despidió, pegándome una mirada de arriba para abajo bien intensa, haciendo una mención especial en ese par de bondades que Dios me dio y que no son precisamente mis enormes ojos.

Al día siguiente venía el otro cumpleaños, donde se suponía que me encontraba con mi súper pinche cibernético. Debo decir que yo no abrigaba excesivas esperanzas, dado que ya tengo experiencia y sé que la distancia física y cibernética dan largas a los instintos y las confesiones que uno ni cagando dejaría aflorar en vivo y en directo.

Nos encontramos. Abrazo muy apretado. Él, más flaco, bronceado, muy feliz y cariñoso, pero en un sentido fraterno al parecer. Fue rico, fue una gran alegría, pero en eso quedamos.

Y eso. Nada especial. Pero tampoco nada malo.
Quiero decir que lo pasé increíble igual, que me reí como nunca, que me lo bailé todo, que canté y conversé como una posesa, que me acosté todos los días al alba.

Mi cuñada dice que un valor mío es el no haber perdido nunca las esperanzas, no haber tirado la esponja con los hombres. No sabe que en el fondo, actúo como la que no tiene nada que perder, porque en realidad muchas veces siento que lo que tenía que pasar ya no pasó y ahora sólo me queda vivir, como dicen los Fabulosos Cadillacs, como si fuera un Carnaval toda la vida...

Lo curioso es que en la última semana tres personas distintas me preguntaron por qué andaba tan radiante, y tan regia, que cuál era el nombre del hombre que me tenía así.
Y fue la raja poder decir que no hay ningún nombre en especial.

Porque estoy feliz por mí misma.
Tranquila.
Gozando con las cosas que hay.
Con la frente en alto.
Siendo, simplemente, yo.
Ni más ni menos.

Y todo lo que venga, será por añadidura.
¿Cómo perder así?