domingo, 11 de diciembre de 2005

La "mala" educación

Me encantaría saber dónde puedo estampar mi reclamo.
Quiero saber por qué mierda me hicieron tan requetecontra responsable, juiciosa y conciente de los demás.
No me estoy tirando flores. Juro que no. Al revés.
Lo paso mal a veces con este carácter tan correctito que me forjaron a punta de esfuerzo familiar y escolar.
No soy capaz de cambiar. No me sale, simplemente me descoloco.
Nunca he podido decir... filo, lo hago mañana. O filo, que lo haga otro. O peor: filo, dejémoslo así no más, igual salva.
Pocas veces he mandado a la mierda a alguien. Sería incorrecto tratarlo mal.
Aunque sea flojo.
O mentiroso.
O irresponsable.
Maniática de la perfección. Del control. Del deber. Aún en contra de mis propios intereses.
Si hasta para desbandarme soy programada. Mmmm, mejor no tomo más, mañana tengo que levantarme más bien temprano para aprovechar el día...
Me educaron en una familia donde hacer lo correcto, y más encima, impecablemente, es algo que no se discute.
Me reforzaron en un colegio donde no existían los premios. ¿Para qué? Con su deber no más cumple, mijita.
Me grabaron a fuego lo privilegiada que era. Lo afortunada. Diría que casi con un tinte de culpa. Que me lleva a mirar el mundo siempre con la necesidad de hacer algo.
Igual bien inconsecuente yo.
Porque sintiendo todo esto, muchas veces no hago nada. O no hago lo suficiente.
En mi cabeza no caben ciertas cosas, quizás tontas. Como botar comida a la basura. O un cuaderno que todavía tiene hojas blancas. Como tener un jeep de veinte millones de pesos. Aunque tenga los veinte millones (Que no es el caso). No podría dejar de cumplir una tarea. O sacarme el pillo. He ido a trabajar enferma, cansada, aproblemada, saturada. Me da cargo de conciencia comprarme algo que me gusta pero sé que no necesito. Aunque sea un helado.
Una vez Rafael me preguntó si yo hacía muchas cosas por sentido del deber, más que por querer. Me dejó pensando. Son muchas. Menos mal también he aprendido a hacer hartas de las cosas que me gustan, que quiero. Pero me costó más de veinte años atreverme.
Esta semana, matea yo, me puse a mirar las propagandas políticas. ¿Cómo votar sin informarme?
Me dio risa esa que decía: Chi´, ¿¿te creí socialista??
Y me di cuenta de una cosa.
No soy socialista. Nunca lo he sido ni creo que lo sea. El error está en pensar que esas ideas y pensamientos son propios de esta tendencia política. Para mí que se están robando los créditos estos chiquillos...
Y me di cuenta de otra cosa más atroz.
¿Desde cuándo necesitamos tomar conciencia de estas cosas?
¿No debiera surgirnos espontáneamente este sentimiento de impotencia a ver la pobreza, la pena, no debieran darnos ganas de hacer algo solo por el hecho de ser humanos?
Al principio yo encontraba bacán que en las micros hubiera espacios especiales para los viejos, embarazas y discapacitados. Ahora creo que es una mugre, porque demuestra que fue necesario crearlos para que nosotros, los demás, no los dejaramos colgando de las pisaderas.
Entonces...
Una parte de mi grita por un break. Poder irme con mis "amiguis" a la peluquería al menos una mañana de lunes entera, mientras el resto suda por ganarse el pan, y leer la revista Cosas mientras me hacen un masaje capilar. Pasarle el muerto a otro. Que alguien más se preocupe de hacer la pega lo mejor posible, que otro piense cómo vamos a sacar este terruño adelante. Que se pare y ceda su asiento el imbécil de diecinueve años que tengo al lado cuando se sube Matusalén a la micro. Y no yo.
Otra parte de mí se da cuenta de que en verdad soy privilegiada por poder darme cuenta de estas cosas. Por no ser una hueca más, envenenando el aire que los demás respiran con mis comentarios tipo "Gaia, ¡estai regia hueona!"
No crean que me siento imprescindible, ni nada por el estilo. Me siento en deuda, que es otra cosa.
¿Vieron?
Quiero reclamar. Me abrieron los ojos.
Y yo que quería dormir un ratito más, en una nube rosada, donde el único problema real es si vamos a ir al solarium antes o después de hacernos las uñas...

2 comentarios:

AnaMaría dijo...

Coincido en lo que dices. En los dos puntos. Primero, a mí también me educaron para ser una máquina que hace todo de manera eficiente, rápida y silenciosa. Eso me trae problemas similares a los tuyos. Además de muchas obsesiones estúpidas que nacen de un perfeccionismo tan exacerbado que parece una parodia.

En el segundo punto, en el tema de lo horrible que es tener que tomar conciencia de aspectos que deberíamos llevar intrínsecos y actuar respecto a ellos en todo momento, lo encuentro macabro. Terrible. Y más terrible porque jamás se me había ocurrido, porque es tan cierto y evidente que me burlo de mí por no haber reparado en ello.

Muy bueno tu texto. Me gustó muchísimo.

Saludos,
AnaMaría.

Eleu dijo...

y por quién votaste?
blessed bear hug,