jueves, 17 de noviembre de 2005

Cecilia

Nunca imaginé que iba a encontrar a una de las personas más importantes de mi vida en un formato tan particular.
La Cecilia trabaja conmigo hace cuatro años, y a primera vista no tenemos nada más que una profesión en común.
Ella tiene once años más que yo. Es ultra conservadora, católica de rosario diario y novena al padre Pío. Ha tenido una vida de mierda, en la cual nada ha salido fácil y con detalles escalofriantes dignos de capítulo de Mea Culpa. Tiene un hijo de tres años que es su única alegría y un ex marido que mejor ni les cuento. Sufrida. Esforzada. Trabajadora. Y además, divertida y cándida como niñita chica. A la Cecilia es fácil impresionarla, fácil divertirla, fácil emocionarla, fácil embromarla. Transparente como ella sola. Plácida y equilibrada como una roca. En resumen, todo lo que no soy yo. Quizás por eso nos llevamos tan bien.
La admiro profundamente en lo laboral.
Le agradezco sinceramente sus cuidados maternales.
Le reconozco lo mucho que ha hecho por mí desde que tuvo la "desgracia" de conocerme.
Llegué a su vida como un torbellino, con mis garabatos, mis irreverencias y mis anécdotas divertidas, vergonzosas e irrelevantes. Sobre su hombro he llorado mis penas de amor, mis peleas de malcriada, mis rollos de mina. Es, en pocas, y quizás trilladas palabras, mi cable a tierra.
Siendo ella mucho mejor que yo en todo, más inteligente, más sabia, más experimentada, mucho más bienintencionada y atinada, me encuentra una persona notable. Su único pecado, para mi gusto.
- Pucha Cecilia, tú estás loca. Yo cacho que es por todo lo que me quieres. Pero reconócelo. De notable, nada. Tengo que aprender de ti a ser más señorita, más calmada, reflexiva y buena persona.
- Na que ver, Sombra. Tú eres lo que yo quisiera ser, lo que debiera haber sido. Muchas de las cosas malas que me han pasado en la vida han sido por no haber vivido más. Haberlas cagado más. Además, ¡pucha que me río contigo!
Sí. La Cecilia es la que me da ideas para hacer maldades. La que escucha mis condoros y más encima me los celebra. La que me aconseja, me controla y también me motiva. Con una generosidad infinita. Porque no debiera importarle ni un comino si el gallo que me gusta me llamó o no, cuando su vida se cae a pedazos. Pero ahí está. Se sienta, me mira profundo a los ojos y me tira:
- A ti te pasa algo. Echa afuera.
Me conoce y detecta mis estados de ánimo como si fuera bruja, habilidad que contrasta fuertemente con su despiste crónico en casi todo lo demás, pues siempre llega atrasada a todas partes, nunca cacha lo que pasó y le llegan las copuchas cuando son vox populi y perdieron toda sabrosura. Con solo mirarme, detecta mis alegrías y mis penas. Mis vacíos y oscuridades. Se acuerda de todo lo que le cuento, a pesar de tener más de mil cosas mucho más importantes en la cabeza.
Paradojas de la vida.
Cada vez que nos separamos, la Cecilia, muy seria, me pide:
- Sombra... reza por mí.
- No, Cecilia: ¡reza tú por mí!
Tú ya te ganaste el cielo, y desde allá, vas a tener que hacer un lobby enorme para tener la posibilidad de sentarnos juntas en una nube, con las patas colgando, a reírnos de todas las brutalidades que se me ocurre contarte siempre para alegrarte.

2 comentarios:

Eleu dijo...

que rico tener una amiga así en el trabajo!!! yo le diría chuchana chechilia si fuera mi amigui, jiji.
bear hug,

pedro dijo...

me salvaste

gracias

tenía que hacer algo con mi hermano

P

pd: la media voz