martes, 22 de noviembre de 2005

El día que (increíblemente) pensé nunca iba a llegar

La paciencia nunca ha sido una de mis virtudes.
Cuando quiero algo, lo quiero, y ya.
La vida, la experiencia y las circunstancias me han obligado a ejercitarla, pulirla, alimentarla.
Esperar, por lo que anhelo llegue, o se termine, se me hace siempre eterno y agotador.
Así comenzó todo.
Como un proyecto laboral paralelo a mis rutinas diarias.
Más de tres meses.
Trabajando hasta las tres o cuatro de la mañana.
Después me enteré de que mi tarea, en otros lugares, nunca es asignada a menos de cinco personas a la vez.
Me & myself.
Cuatro kilos más.
Pulmones evidentemente negros y enfermos (toses nocturnas reiteradas).
Accionista número uno de la Coca-Cola y de Nutella.
Espinillas cual treceañera.
Pesadillas y despertares abruptos en la mitad de la noche.
Infinitas escaleras subidas corriendo, bajadas saltando (milagrosamente, ilesa).
Campeona mundial de los cien metros planos en todo tipo de terrenos.
Amigos taimados por mis reiterados desaires telefónicos, paseísticos, carretísticos, cotidianos.
Una pieza que parece campo de batalla.
Y hoy, que todo ha terminado por fin, me parece que retomar mi vida normal es más pesado de lo que debiera.
Lista eterna de gente a la que llamar, ir a ver, comprar regalos, felicitar con semanas de atraso.
Rumas de ropa para guardar.
Miles de temas pendientes por conversar.
Me convertí en una especie de ermitaña. Inubicable, inabordable.
Y es que igual me acostumbré a estar sola, en mi pieza o en mi oficina, enfrascada en el computador.
Y es que estoy contenta con el fruto de mis sudores, por caro que me haya salido.
Y es que estoy impresionada, enormemente impresionada, de lo que soy capaz de hacer cuando estoy bajo una gran motivación/presión.
Aprendí mucho.
Crecí bastante.
Y, lo que más orgullosa me tiene, (casi) nunca perdí el optimismo o la sonrisa. No me convertí en bruja, histérica, enferma de los nervios o mini-dictadora.
Claro, hubo momentos en que la pera me tiritó un poquito. De rabia, de nervios, de angustia. Pero en general logré acotarme. Gran tema, dado que otro de mis grandes defectos ha sido siempre un genio levemente fuerte. Una sola vez me desbordé. Pero para qué hablamos de eso, si ustedes ya lo saben.
Hoy me dediqué una pequeña celebración.
Bajé los vidrios de mi auto hasta el tope, puse la radio a concho, y me vine a mi casa, cantando a todo pulmón, mis canciones favoritas del momento.
Cuando llegué a mi casa, subí los vidrios, apagué la radio y me pregunté:
¿Por dónde empiezo ahora?
¿Qué rayos voy a hacer con tanta libertad?
Ya se me ocurrirá algo...

3 comentarios:

pedro dijo...

leí el título y juré que hablarías de lo que aún no me mandas por mail

P

Eleu dijo...

hay cada fresco, no?
si es lo que yo pienso, estoy muy contento que lo hayas logrado!!!
un premio al esfuerzo sería un viajecito a la costa, no cierto? a descansar!
bear hug,

sombra_de_mi dijo...

SIIIIIIII
es lo que piensas... mi hijo nació, y es muy bonito....
cuando lo reciba, veo la manera de mostrartelo!!!

Besos, y gracias por el apoyo de siempre!